jueves, 21 de mayo de 2009

Un Camino a Poniente




















PALABRAS PARA PRESENTAR EL LIBRO UN CAMINO A PONIENTE ORIGINAL DE ANTONIO RUIZ L. DE LERMA. Madrid, 20 de mayo de 2009

Nicolás del Hierro

Estoy por asegurar que a Antonio no le agradaría que yo hiciese una presentación con datos de solapa, esos que abruman al oyente con títulos de libros, fecha de nacimiento, carreras universitarias o arcaicas flores Naturales, así como la no difícil obtención de algún que otro premio entre los casi tres mil que se otorgan anualmente en España. Claro que tampoco soy yo amigo de tales acervos, aunque en la poesía y en la vida de Antonio Ruiz López de Lerma se den, se dan sobradamente estos y otros méritos. Nacido en Valdepeñas y haciendo Camino a Poniente en la orilla del mar, tiene, sí, títulos universitarios, como goza de una docena de libros publicados, es figura de un premio que lleva su nombre y, por iguales méritos, tiene en su haber varios galardones, aunque no sea costumbre el él presentarse a los mismos.
Ruiz López de Lerma es un poeta con una mayor enjundia que la serie de títulos y premios que sintetiza la vida y la obra de un escritor, es algo más que una biografía. Es el corazón que late en su palabra poética, ritmo de una musicalidad que se hace partitura en el lenguaje, alguien que a través de su expresión hace casi humano el dolor de vecino, mientras testa su nombre para ayudarle a sobrellevar la carga, al tiempo que con una palabra de estímulo procura alisarle el camino. Su estético mensaje humaniza la simbiosis del poeta y el hombre.
"Un camino a poniente", que aparece publicado en una muy selectiva colección poética sevillana (Ángaro), y que codirige otro buen poeta castellano-manchego, Francisco Mena Cantero, se abre con un Prólogo muy familiar y acertado que firma Blanca Mª Ruiz Gallego. Digo familiar y acertado porque Blanca es la hija mayor de Antonio y de Paquita, y acertado, acertadísimo, porque también es Doctora en Derecho, gran conocedora del idioma y, sobre todo, lectora incansable de poesía, dado el ambiente humano y familiar en el que se ha movido siempre.
Puedo asegurar que, desde sus orígenes, la poesía de Antonio es un espejo de hermosas metáforas, y no va a consentir deteriorar su reflejo en el libro que hoy nos presenta. A mi modo de interpretarle, esta pauta metafórica ya queda patente desde su propio título; si no ¿qué otra visión se nos está presentando en "Un camino a poniente"? ¿No camina a Poniente toda vida de nacido; toda toda virtud que es parte de laNaturaleza? Pero el hombre sabe que antes de llegar a esa puesta de sol (o de la vida), cualquier recorrido tiene sus luces y sus sombras. Y en esta razón intenta el poeta grabar el mosaico de sus versos y mostrarnos más estético el paisaje. No en vano ya desde el segundo poema, nos hace ver cómo en "el cuaderno escolar, / para escribir las breves confidencias, / ha vestido de sepia su reducto de pan".
Walt Witman consideraba que todo poeta está escribiendo siempre el mismo libro. Y nos daba su ejemplo personal en la permanente continuidad y revisión, viendo crecer, edición tras edición, el volumen de Hojas de Hierba. Y algo similar le ocurre a Ruiz López de Lerma en Un Camino a Poniente, donde si bien el conjunto de la entrega se nos presenta en la individualidad de un libro, no deja de ofrecernos los habituales temas de su más cercana partitura. Uno no tiene por menos que motivarse, leyendo versos como "tengo entre la mía / el calor de una mano chiquitita / calentando mi tiempo con sus dedos", o más cercanos aún a su latido: "Blanca llegó distinta esa mañana. /Ardía en sus ojos / un sol de mar acariciante y dulce. / Había miel en la paz de su sonrisa / y primavera calma en su palabra".
Nada socio-humano le es ajeno a la poesía de Antonio, porque en ella se produce un contacto personal que nos pretende y sorprende a través del mensaje existencialista que emana de sus versos. "Vencido por la tenue melodía" de su expresión, el poeta cala en sus lectores vistiendo de humanismo y cercanía su legado. Su poética es relación de tiempo y vida, los meses y la existencia, las fechas y la familia, el ambiente y los acontecimientos sociales; es el pensamiento de alguien a quien le preocupa la naturaleza y el mundo del hombre. A veces, en títulos anteriores, extiende su humana cercanía hasta las Madres de la Plaza de Mayo o a la sinrazón que acabó con la vida de Monseñor Romero.
Como a gran número de los poetas de su tiempo, de nuestro tiempo, halla en la infancia el manantial más fuerte y puro con que regar sus versos. El padre, la madre, el esposo, la idiosincrasia del pueblo,escenas familiares, las de su colegio de infancia, que luego algunas se verán reflejadas en su ejercicio de profesorado, el hijo que fue y el padre que sería más tarde, el abuelo... Todo, todo es condición con que se impregna la cercanía lírica del hombre.
Para el ejemplo del niño que preconiza su grandeza infantil dentro de este libro, yo me quedaría con el poema que titula "A veces...", que si bien empiesza con la perfección de una rima y una métrica exigente en toda preceptiva, estas exigencias se van diluyendo hasta cumplir, esto sí, con el perfecto ritmo acentual a que se ajustan heptasílabos y endecasílabos, liberados de rima pero plenos de musicalidad. Con parecida intención, para ubicarlos en el Poniente metafórico a que el poeta conduce su vitalismo, no resultaría erróneo ilustrarlo con los dos últimos versos del " Soneto para un 24 de diciembre", que dedica a sus hijos, donde, haciendo recuerdo del futuro igual que Goete hizo profecía del pasado, el poeta demuestra que "un aroma de amor, en el pañuelo / les sirvió para dar la despedida".
Hay algo que para mí es noticia en esta entrega de Ruiz López de Lerma, quien dominador, insisto, de preceptivas literarias, nunca utilizó tan reiteradamente el molde clásico de la décima real y del soneto, alguna silva, quintillas y octavas reales como lo hace en Un camino a Poniente. De aquellas, de las décimas, me atrevo a destacar "Atardecer de octubre", donde el mar agiganta su fuerza de inmensidad y lejanía, y, "Jorge", dedicada al nacimento de su nieto; y, de entre los sonetos, el que titula "Casi noche", perfecto en su concepción y mensaje de un atardecer junto a la playa.
Son estos dos temas, la familia y el mar, presencias vitales en este libro de Antonio. El tema familiar, con otros que ya le resultaran igualmente cercanos, convivieron y conviven de modo casi continuo en la obra del poeta; el mar es un trasplante corporal que ha despertado el ánimo en la palabra del poeta al tiempo que el hombre se entregó al éxtasis de su contemplación y disfrute más próximo y directo. De ese ayuntamiento, de ese matrimonio o simbiosis ha nacido Un camino a Poniente. Inevitablemente tiene raices de su propio pasado. No en vano mantengo las tesis del viejo camarada de Long Islam, que todo poeta está casi siempre escribiendo la continuidad del libro que originó el primero de sus títulos. Pero bien venido sea este Poniente que, si en principio lo tomé como origen de metáfora existencialista, en su continuidad no deja de ratificarse como una poética alentadora que prolonga la vida y obra de Antonio Ruiz López de Lerma.
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ALGUNOS DE LOS POEMAS
QUE FIGURAN EN EL LIBRO:

UNA LEJANA TARDE DE LLUVIA

 EN PRIMAVERA

Tenía la tarde aromas de acacia florecida.
Perfumaba la lluvia la tierra en primavera
y mi infancia volaba, segura en la querida
geografía de ternura de la oración primera.

Mi padre me guardaba su calor en la mano,
donde se refugiaban mis dedos escolares.
Mariposa de sueños volando hacia el verano,
siempre tejían las cinco, en mágicos telares
de libertad, la vela de mi humilde barquilla.

Yo tomaba, recuerdo, su mano y regresaba
a la segura calma de una mesa camilla
con un trono vecino de anea, donde jugaba
a encuadernar mis sueños en un soplo de viento
maternal. En mi frente coronaba la vida
la luz de la esperanza, paloma el pensamiento.
Tenía la tarde aromas de acacia florecida.

EN MI CITA DE MAYO

Mayo otra vez, la mies está crecida.
la brisa mece el tiempo en el ribazo
y el recuerdo se anuda, en tierno lazo,
al corazón. -Regreso a la dormida

caligrafía escolar, cuando la vida
estrenaba su luz bajo un cedazo
verde de primavera y, trazo a trazo,
dibujaba mi sueño en la querida

geografía familiar ...-
Mayo de nuevo.
Doce en el sol que alumbra la mañana.
Más pequeño el cuaderno, donde sigo

anotando la vida, mientras llevo
un niño hasta el cristal de la ventana
y el oro va cubriendo ya mi trigo.


ALBA

     I
Blanca llegó distinta esa mañana.
Ardía en sus ojos
un sol de mar acariciante y dulce.
Había miel en la paz de su sonrisa
y primavera calma en su palabra.

-Tenía el pensamiento
bordado en la mañana de un tiempo venidero.-

Y la supo su madre portadora
de vida por llegar,
aún antes que su voz se lo anunciara ...

Y se unieron las dos en un abrazo,
con los ojos brillantes
y el corazón perdido en un adagio.
   II

Le robó la emoción
un átomo del mar de los afectos.
La vida es,
dije,
una carrera de relevos.

-Alba,
dos centímetros largos
de enamorada carne
aún aguardaba
el ascua blanca de su sol naciente-

Mirábamos los dos,
cárdeno en el cristal el horizonte,
atardecer con calma
sobre el Mediterráneo ...

Le brillaron los ojos,
sintiéndose ya abuela
y se llevó la mano a la mejilla
evitando mirarme.

UN AYER YA LEJANO...

Un día se envolvió el sendero
en la brisa marinera
del sur. Con una habanera
trocó su ruta el viajero
soñando ser marinero
junto a la espuma y la arena.
Y en un canto de sirena
varó el sueño adormecido,
desmigando en el olvido
la sombra de una cadena.

¿CUANTOS VERSOS LE FALTAN
A LA HITORIA...?

Atrás la sombra oculta ya el paisaje,
las palabras primeras, el sonido
del viento susurrando en el encaje
de los sueños de un niño, el prometido
arcón de primavera, y el mensaje
que descifrar en un desconocido
jardín de fantasía ... Frente al sendero
cercano, el mar aguarda ya al viajero.

-¿Cuántos versos le faltan a la historia ...?
¿Cuántos besos de amor aguarda el trigo ...?
¿Cuánta esperanza queda en la memoria
muerta la primavera ...?-

No consi
go
pincelar con la palabras, de la noria
del futuro, rodando hacia el abrigo
de un almendro, el frescor de un arroyuelo ...

Murmura el mar, fundido ya en el cielo.

ATARDECER DE OCTUBRE

Recita el mar su habanera
casi en soledad. Desmaya,
en la quietud de la playa
el sol su lumbre. Y espera,
bajo la luz marinera
del atardecer, el día
bañarse en la algarabía
inmensa de la nevada,
que la libertad alada
lleva hasta la lejanía.



A VECES …


   Fue una tarde perdida en la memoria …
Enfrente había un jardín en primavera.
y unos bancos, guardianes de la historia
de mil citas de amor. La escuela era
un recinto en penumbra, misteriosa
para mis cinco años, un paisaje
casi de anochecer, con harinosa
nevada, retocando el maquillaje
de las viejas baldosas. Limitaba
al enjambre añorando la salida
una pizarra enorme, que celaba
su colmenar de sueños. Y la vida
florecía en las ventanas con largueza.


Fue, mi primer contacto, de tristeza.
De hiriente soledad el primer día,
lloviendo mis mejillas la añoranza
de ese mundo pequeño, en que tenía
mis recortes de sol. Con la esperanza
de encontrarle al salir, labraba el suelo
de las primeras letras. Le sabía
más allá de la puerta. En su desvelo
reposaba mi infancia y le creía
con absoluta fe. Tras las lecciones
me tomaba la mano en el regreso
hasta el tiempo dormido en los rincones
donde tenía mi huerto …
Con su beso
volvía a mi libertad en resplandores
y pintaba la tarde de colores

……………………………..
……………………………..
……………………………..

Aquel tiempo dormido
en el cuaderno viejo
de mis atardeceres infantiles
despierta, con frecuencia, en un sonido,
se me asoma al espejo,
me sorprende en los miles
sonidos de la calle, que amanece
su colmena de vida
con un sol perezoso en el tejado …

Y vuelvo allá. Florece
cercana en la glorieta, la querida
rosaleda. El dorado
paisaje de febrero
colorea mi sueño de ternura.
La esperanza amorosa,
con que oculta el recuerdo pasajero,
con leve veladura,
la falta de una rosa,
casi descubre un banco entre la hiedra.
La estructura, dormida
de un asiento de piedra,
pero …, hoy nadie me espera a la salida.










3 comentarios:

Alicia Avoledo dijo...

Reproduzco el comentario publicado por D. Juan López Trujillo en su blog:

He recibido el último libro de mi buen amigo y excepcional poeta Antonio Ruiz L. de Lerma, titulado “Un camino a poniente”, publicado por la colección de Poesía Ángaro de Sevilla.
El poeta me pide que escriba en este blog un comentario acerca de sus versos.
Siempre he sido reacio a la crítica de la poesía, porque entiendo que es difícil, por no decir imposible, poder entender de los sentimientos de los demás. Y la poesía es eso, sentimiento.
Si alguna vez he intentado acometer esta tarea de critico, he terminado por desistir y siempre he recordado esos versos flamencos que dicen: “Le dijo a la lengua el suspiro/ ponte tú a buscar palabras/ “pa” decir lo que yo digo”
Sinceramente, no me encuentro capacitado para poner palabras a los suspiros líricos de Antonio.
Puedo asómbrame de la belleza formal de los versos del poeta, de su difícil facilidad para el soneto, de la enorme variedad de sus registro poéticos, dignos de un consumado maestro también de preceptiva literaria.
Pero sobre todo quiero dejar constancia de su dominio de la imagen lírica, del mimo y fulgor con que elige sus palabras, de la asombrosa facilidad para que la rima sea como el venero fresco, claro y normal que le nace a los sentimientos.
El poeta, puesto delante de un espejo, comienza a recordar lo que ha sido su vida desde aquel primer poema: “… Yo no sabía escribir… En la cabeza/ cuatro flores de de tiempo y la sencilla/ llamada de un papel, sobre una mesa/…”, hasta estas canas de hoy que pueblan sus sienes, pero que son también la blancura testimonial de una vida digna.
Después versos de recuerdos de una niñez feliz, de la familia que le enseñó el camino hacia la alegre realidad de sus sueños, del amor compartido hecho apoyo, acicate y protección, los hijos, ya dueños de sus alas: /la estampa de una mesa compartida…/ Y un aroma de amor en el pañuelo/ que os sirvió para dar la despedida/. Y los nietos, que son un nuevo impulso, una nueva musa para sus versos: /Ellos, Señor, prolongan mi sendero/.
Llegando al final del libro, que no de su producción poética, con El último paisaje, soneto que no me resisto a transcribir:
Al fondo el mar, borrando ya el sendero.
Y más allá, fundiéndose en el cielo,
cada vez más cercano el terciopelo
de la niebla, prendida en el estero
de lo desconocido. El mensajero
viento de atardecer levanta el velo
a una imagen de mármol, bajo el vuelo
de gaviotas. Se apaga el lisonjero
brillo del sol… El último terceto
desgrana sus palabras, mortecino,
con temblor infantil y trazo inquieto
en el viejo cuaderno. Y, ambarino,
va resolviendo el tiempo ese soneto
de vivir, con la rima del destino.
He cumplido el ruego del poeta. Ahora, espero que el amigo escuche el mío: No le hagas caso a lo que ese espejo de tu primer soneto diga. La imagen que ves no te corresponde, sigues siendo joven en tus versos y al final ese debe ser el calendario que nos importa a todos aquellos que amamos la poesía.
Juan López Trujillo

Camilo dijo...

Me encanta tu poesía, Antonio. A ver si nos incluyes algunos poemas más de este "Un Camino a Poniente". Enhorabuena

tartucas dijo...

Eres luz y transparencia...
No deberías salir en las fotos.