miércoles 2 de diciembre de 2009

C.D. de audio Balada de Septiembre




















Balada de Septiempre, es un recopilatorio de 16 poemas de A. Ruiz L. de Lerma. Cuatro de estos poemas, musicados por Andrés Pino y Humberto Buenaventura, están cantados por este último. El resto de los poemas, dichos en la voz de su autor completan la grabación, realizada en los estudios ACM RECORDS S. L. de Málaga

Si alguno de los visitantes de este blog está interesado en el CD, puede solicitarlo en el correo: aruizdelerma@gmail.com . Se enviará al precio de 12€ más gastos de envío y contra reembolso

ALGUNOS POEMAS CONTENIDOS EN EL C.D. :


Lame la madrugada la avenida

Lame la madrugada la avenida.
La noche ha puesto sombra a la acuarela
de la ciudad, pintada de colores
y velada de niebla, con que tiñen
de harinoso misterio las acacias
su desnudez de invierno.

-Cuentan que, en estas fechas, una estrella
se desbordó de brillos contemplando
una rosa en el hielo;
que los más olvidados se llenaron
el zurrón con ofrendas
de generosidad,
que sintieron dorarse su pobreza
y, abierto el cielo en riego, hizo romero
infecundos terrones de soledad antigua;
que los grandes doblaron la rodilla
ante un algodonoso Nacimiento
y el viento sopló luego, mensajero,
una cálida nueva sobre el paso del tiempo
hace ya muchos siglos...-

Lame la madrugada la avenida,
aún cruzada a estas horas
por las roncas libélulas metálicas
que se pierden en prisas sin sentido.
Ha hermanado la noche a los humanos
con el vestido negro de la espera.
El bulevar, Babel hace unas horas,
es cauce del arroyo
de una vida que brota en humedades,
lejos del sol.

La triste vendedora
del amor, disfrazada de colores
aguarda en un portal. Ha hecho su cara
lienzo multicolor. Su vientre anuncia
un fruto que no quiso
pero habrá de nacer, si no lo siega
ahora que reverdea tímidamente.
Espera...
tal vez, mientras espera, desmorone
sus últimos terrones de inocencia.

-Cuentan que la palabra
se hizo cristal de luz en los cuadernos
de los siempre ignorados, proclamando
un gran amanacer, que ellos corrieron
a llenarse de sueños la mirada
y de calor las manos,
para llevar caricias a una cuna...

Lame la madrugada la avenida
junto a los escalones, que preludian
una boca insaciable, que vomita,
que traga
y vuelve a vomitar un hormiguero
de anodinos humanos
fabricados en serie,
Ahora reposa, acogiendo el harapo que dormita
con un cartel al lado, donde cuenta
la historia repetida, llamando al corazón,
vegetal en abrojos.
Payasos de papel se contonean
con extaños atuendos primitivos,
sonajeros de testas afeitadas,
proyecto en gallinácea
para un mañana neutro.

Lame la madrugada la avenida,
ajena a los abetos,
ajena a las estrellas comerciales,
ajena al universo de neones,
sin cronistas que escriban su soledad,
su angustia,
su oración sin palabras,
su queja escrita en trazos de negrura
en las piedras sin tiempo,
en las estatuas,
en los restos de un mundo de carteles
bordados de promesas que jamás se cumpleron.

Lame la madruagada la avenida.
Mañana es navidad.


Carta apresurada a Gabriel Celaya

Hoy has muerto, Gabriel.
En el olvido.
quizá porque los hombres
no perdonan los versos,
ni la verdad urgente que gritan los poetas,
con el dolor del mundo
en el zurrón sobado,
de caminante loco.

Hoy has muerto, Gabriel, entre las manos
de algún angel de niebla
que rizase, con caricia suave
tu última sonrisa
de bebedor de auroras.

Dicen
que casi nadie
te acompañó a la tierra,
aunque yo estoy seguro que, contigo,
volaban los fantasmas
de viejos luchadores,
como copos de almendro,
sobre el lugar, que, en nieve,
fue el sendero de tu último viaje.

Hoy has muerto, Gabriel,
en el olvido,
tal vez porque dijiste a quien quisiera oirlo
no entender la poesía
como un lujo
concebido
para satisfacer a los mecenas,
que se crecen
lanzando una moneda
al juglar protegido.

Hoy has muerto, Gabriel...
aunque puedo decirte, con íntima certeza,
que vivirá por siempre tu cerezo
en el jardín del tiempo,
en que las cosas
florecen con eterna primavera;
porque nadie precisa
acercarse al lugar para tomar sus frutos
y venderlos.
RUIDERA, Abril de 1991

Doce de mayo




















DOCE DE MAYO, aunque publicado recientemente, fue escrito en los años ochenta. Bellamente ilustrado con fotografías de Helena Soria Sarmiento es el poemario de una fecha, el conjunto de versos nacidos a lo largo de veinticuatro horas. Por ello, cada uno de sus poemas tiene el título de la hora de su nacimiento.



Una, treinta

La vitrina del sueño
conserva el arco iris.
la piel ha florecido,
renovada
otra vez de amapolas.
Y en esta hoguera,
eterna,
las aristas
han desaparecido entre los dedos
veloces.

Ha sellado los ojos
la lluvia de la carne.

Lo cotidiano flota en lejanía,
como una linea
apenas
de deberes,
de archivadores,
de multitudes en soledad,
de filos,
de palabras medidas,
de asfalto esclavizante,
de enanos ambiciosos...

Los minutos se tornan de algodón,
al tiempo
que el cristal de los balcones
deja ya paso al ámbar
de un paisaje
donde todo es posible.


Ocho

El sol ha roto, tímido, los velos
y la jornada luce
en la terraza,
nueva,
sin carisma.
La calle es ya rumor.
En la mesa de noche
las primeras noticias,
con voz impersonal,
vienen a distanciarme la esperanza.

Una caricia rompe
las telarañas últimas
de los ojos,
anclando
la barca de infinitos.

La seda de un abrazo,
tibia,
me consuela la piel
y un susurro
-casi de noche aún-
me recuerda la fecha.

Un aroma de lecho compartido
nos envuelve.
La pereza de miel dilata los minutos.


Ocho, quince

La voz del noticiero
desmenuza las víctimas
de un atentado más.
La información
es lacerantemente familiar.
Esta pesada niebla
del terror
se nos ha hecho cotidiana,
como una enfermedad
incurable...

Mi hija llega
con su incipiente abril
a descorrerme la cortina de calma
y me deja su beso de felicitación.


Nueve, cincuenta

El urbano paisaje
conserva la acuarela de grises
como entonces.
Y, sin embrago, dista
sueños-luz de otro tiempo,
cuando lo recorría, interminable,
cogido de la la mano,
con los ojos enormes de la infancia curiosa.

Se fue haciendo pequeño
imperceptiblemente,
mientras se distanciaban
en recuerdos
las hojas
-con diminuta magia-
de aquellos cuadernillos de Calleja.

Aquellos otros doce de inmadurez de nata
me ponían de cerezas
la víspera impaciente
y amanecía en mi viento
huracanado
antes la luz de la ilusión
que el día.

El regalo era el mismo
cada cuatro estaciones:
cigarrillos de un chocolate incierto
de los años cuarenta.
Nunca pedí otra cosa
tal vez
porque me siento
seguro en la costumbre.

Mido,
junto al semáforo
la distancia de ayer
en la mirada,
por el retrovisor,
mientras espero
que se haga la luz verde.


Once, treinta

Pienso,
al dictado de casi cuatro lustros,
en un breve intervalo de sosiego,
solo,
por tamizar mis sensaciones
a la sombra de verdes
encendidos
desde el mes anterior,
como llama
que quisiera prender
en esperanzas
el venidero hacer.

Han alumbrado
sus faroles las rosas,
las acacias
agitan colgaduras,
con que sacar a mayo
de su pereza.
Los manojos
de "periquitos" manchan de naranja
la seriedad del suelo...

Primavera exterior,
que, en su polen
contamina de brillos
unos pliegues
apenas
de la ciudad;
incapaz de inyectarse en las arterias
del sistema
que alimenta con números
la vida
de los títeres negros,
emanados
de la mediocridad
y del desquite.

Todo el Mediterráneo
de la ilusión
se muere sin remedio,
rodeado
de escarabajos de élitros de mármol,
comerciantes de sal.

A pesar del color de la mañana,
que parece
recitar entre brisas
su voltaje
de vida libertaria,
el pensamiento huye.

-Hermanarse en el viento,
sofocarse en la luz
y volar...
volar;
arriba,
encima de las hora.
Lo demás,
una brizna,
debe quedar lejano, muy lejano...-


Trece, cuarenta

Los encuentro
con su ropaje extraño
a la puerta de un bar.
Se comunican
no se qué oculto cosmos
en una jerga rara,
como versos
que nunca pudierna recitarse.
Bajo cada palabra
duermen el aleteo
de un pájaro de sombra
perdido en la penumbra.

Sus horas elevaron,
en un rito de muerte,
la duración a un índice
que les rompe el aroma,
envejeciendo
la flor que abrió marchita,
amenazada
por el arma letal de una jeringa.

Buscadores de imágenes,
se apagan
en balbuceo de asfaltos,
como lepra que asciende
desde el amanecer de la ciudad
e infecta
sus cercanías de luna
cuando la luz se muere.

Tienen el alma herida
y los ojos velados
por una adormidera
que agota
el calendario de su ser incompleto.

De su mañana de humo
se han marchado los nombres,
las fechas,
los proyectos,
los hijos
-buscadores de otro cesped-
Y apoyan la existencia
en un surco de nieve que le congela el tiempo.

Aguardan,
añorantes de amor
-el amor es un ser de vidrio, frágil,
que aguarda en soledad-
con el nihilismo
de los que ya no piensan
recibir una dádiva de afecto;
diluyendo la sal de primavera
de su edad,
como si su latido
-nada más iniciarse-
hubiese caido al agua
de un lago de inconsciencia.

En su desvánde otoño,
seguro que unos ojos se derraman
en Nilos maternales,
infecundos,
que no pueden bañarles las orillas.
Y, no obstante,
les velan las ausencias,
les arropan su miedo,
les estrellan
el imposible cielo
de caricias,
queriéndoles pequeños,
acunables,
esperando el milagro
que no llegará nunca.

Uno de ellos levanta
la mano y me saluda,
pretendiendo, tal vez, reconciliarse
con esta sociedad
que les aparta.


Dieciocho, quince

El café a media tarde,
mi tertulia,
-minúculo "Gijón" de un solitario-
en la que me acompaño
sólo del pensamiento
y una pieza de Mozart
como fondo.

La obligación atrás,
voy pincelando
otro paisaje,
libre,
de palomas de gasa,
que se pierden
en la magia profunda de un allegro,
salpicando los lomos de una calle de libros
donde paseo los ocios.

Junto a la taza
unos versos recientes
escritos a esta hora
-hace algunas semanas-
precedidos
de una dedicatoria:

"a mi hija"

Me has compensado el folio padecido,
la tarde en sombra sorda, desmigada,
las violetas de hule de la clase
y los monstruos de plástico.
Hacía frío,
un frío que empequeñece, acorta humilla
aleja, trunca, rasga..., mientras
otoño sopla sobre el liego del alma..

Mañana
algún cretino editará un estudio,
descubriendo mi América
en beneficio propio
y dorará el momento...
¡pobrecillo!

Me has compensado el viento,
que ha revuelto
-irreverente y loco-
mi decembrino bosque de cabellos,
el coche, perezoso en la arrancada,
y el anodino diario del trabajo
que se pierde en la niebla,
mientras los sodomitas se coronan
y median los mediocres
que se hicieron de izquierdas
-enterrando un pasado inconveniente-

Me has compensado el peso
de ese renglón torcido
que, acaso, nadie quiera enderezar...
y la llegada se ha hecho de violines
por una pequeñez escrita en oro.
Nada más una nota
sobre la cafetera acostumbrada,
un guiño apenas:
-caricia manuscrita-
"sólo hay que calentar...",
que yo traduzco:
Me ha acordado de ti,
llego a tu tarde,
aunque te hagan invierno los senderos.

He bebido el recuerdo
humeante..., endulzado.
La habitación, la música y la noche
incipiente,
que arañaba el cristal de los balcones,
se han teñido de sol, inconsecuentes.


Diecinueve

Cada día es un cuaderno
de notas
apretadas
y puntos suspensivos;
de sonidos, caricias
y cristales, ennegrecidos de humo
para mirar el sol;
de esperanzas y olvidos;
de promesas y horóscopos
que no van a cumplirse;
de mensajes de magia,
que ningún mensajero
ha recibido encargo
de traernos;
de extravagancias locas;
de minutos atrás, que salpicaron,
intrusos,
una fecha...

Cada día es un arroyo
que acaricia la piel estremecida
buscando
la eternidad del mar.

Cada día...
No hay división de castas
para el soplo tenaz del calendario,
aunque,
a veces, busquemos impacientes,
cuando la tarde muere,
saborear algún néctar,
desconocido
y raro,
como si el firmamento se postrara,
ante las circunstancias
de alguna intimidad,
obsequioso,
con un copo de nieve entre los dedos,
golpeando
con suavidad
la puerta.


Veinte, treinta

la tarde se ha vestido
de un tono melancólico
gris-lluvia.
Hoy no he tenido
dos cartas de otro tiempo,
glosándome, amorosas,
la onomástica.

Tal vez, en la llovizna que se inicia,
rieguen desde el pretérito
-solo con la caricia
mansa
del agua en el asfalto-
su amistoso mensaje
dos presencias de bruma
que me robó el recuerdo.

Hoy no llegó el cartero.

La habitación parece agigantarse
poseida
de un vaho despacible
de soledad naciente.



Veintiuna, diez

Regresamos,
pausados,
bajo el atardecer, casi de plomo,
de primavera tarda,
como un rito,
dejándonos el ruido
a la espalda,
midiendo
los pasos cotidianos
que nos llevan
al íntimo rincón donde apuramos
el fin de la jornada,
encendiendo la vela del sosiego.

Los dedos engarzados se me antojan
el cáliz de una flor
de pétalos de albas
compartidas;
en toda su frescura,
como si nuestras horas
pendiesen suavemente
del aire,
sin transcurrir.

- Fue en primavera,
con el aroma henchido
de pujanza, en la sombra
de aquel primer recinto,
cuando arraigó la siembra:
en el tiempo
que la sangre florece
y la palabra cobra
calor de vino nuevo.
..-


Veintitrés, quince

Ha sonado el regreso
en el tic-tac cansino
que señala la noche.

El cenicero es un desierto de horas
muertas sobre la mesa.

Una novela encuadernada en verde,
la luna de la lámpara en los hombros,
el bolígrafo quieto,
los papeles...

El día se va camino del archivo
donde aguardan la muerte
los recuerdos.

Llueve mayo, monótono en la calle.


Veintitrés treinta

A estas horas presiento
en la penumbra el soplo
de tu presencia muda,
como si te llegaras con cariño,
de la lejana paz de las estrellas,
a nevarme el recuerdo
en la fecha que pone
otro jalón al cauce
donde mi vida miga,
en el anonimato,
jardines imposibles.

Desde tu ocaso, vengo
multiplicando el verso cotidiano
por un factor de obscura
soledad lacerante,
que prolonga el preludio de las noches
con una letanía de pensamientos.

Todo sigue en la línea
que la existencia marca.
Continúa
la tierra envejeciendo
con permanentes brotes de violencia.
La vida
nos baña con su vino
agridulce
y navega
nuestra barca por mares
de incierta singladura,
entre promesas falsas
y advientos comerciales.
Los marginados velan,
ignorados
su noche
-como siempre-
aunque se multipliquen las sonrisas
de los falsos profetas
perdidos en el lujo
-de la misma manera
que sus antecesores-
y enfermos de soberbia.

Mis hijos casi alcanzan
las flores del almendro
con el sol en las sienes,
Aletean
y los siento alejarse
cada mañana un trecho.
Han vuelto ya del sueño
y cultivan un mundo
de verde independencia...

a estas horas presiento
en la penumbra el soplo
de tu presencia muda...


Veintitrés, cincuenta

La noche es un espejo en los cristales
del balcón,
salpicado de minúsculos mundos
de solitaria lluvia.
En él tiene mi imagen
su vida
paralela a la mía,
en inerte silencio.

Aún con mis mismos rasgos,
media entre ambos un cosmos
de vano inabarcable.
Su eje de simetría
es un muro cerrado
a las palpitaciones,
al deseo,
a la locura de hilos invisibles
que se traduce
en humo de palabras en verso;
al amor,
que se clava a los huesos
y rasga
la realidad, doblando
las sábanas del tiempo
para cubrir los sueños...

Sé que puedo anularala,
si hago morir la luz de la pantalla
que vela mi sillón,
pero,
de todos modos,
me seguirá aguardando
para cruzar conmigo su mirada
cualquier noche,
y recordarme el soplo
de otros doce de mayo
yacentes en el viento...




jueves 21 de mayo de 2009

Un Camino a Poniente




















PALABRAS PARA PRESENTAR EL LIBRO UN CAMINO A PONIENTE ORIGINAL DE ANTONIO RUIZ L. DE LERMA. Madrid, 20 de mayo de 2009

Nicolás del Hierro

Estoy por asegurar que a Antonio no le agradaría que yo hiciese una presentación con datos de solapa, esos que abruman al oyente con títulos de libros, fecha de nacimiento, carreras universitarias o arcaicas flores Naturales, así como la no difícil obtención de algún que otro premio entre los casi tres mil que se otorgan anualmente en España. Claro que tampoco soy yo amigo de tales acervos, aunque en la poesía y en la vida de Antonio Ruiz López de Lerma se den, se dan sobradamente estos y otros méritos. Nacido en Valdepeñas y haciendo Camino a Poniente en la orilla del mar, tiene, sí, títulos universitarios, como goza de una docena de libros publicados, es figura de un premio que lleva su nombre y, por iguales méritos, tiene en su haber varios galardones, aunque no sea costumbre el él presentarse a los mismos.
Ruiz López de Lerma es un poeta con una mayor enjundia que la serie de títulos y premios que sintetiza la vida y la obra de un escritor, es algo más que una biografía. Es el corazón que late en su palabra poética, ritmo de una musicalidad que se hace partitura en el lenguaje, alguien que a través de su expresión hace casi humano el dolor de vecino, mientras testa su nombre para ayudarle a sobrellevar la carga, al tiempo que con una palabra de estímulo procura alisarle el camino. Su estético mensaje humaniza la simbiosis del poeta y el hombre.
"Un camino a poniente", que aparece publicado en una muy selectiva colección poética sevillana (Ángaro), y que codirige otro buen poeta castellano-manchego, Francisco Mena Cantero, se abre con un Prólogo muy familiar y acertado que firma Blanca Mª Ruiz Gallego. Digo familiar y acertado porque Blanca es la hija mayor de Antonio y de Paquita, y acertado, acertadísimo, porque también es Doctora en Derecho, gran conocedora del idioma y, sobre todo, lectora incansable de poesía, dado el ambiente humano y familiar en el que se ha movido siempre.
Puedo asegurar que, desde sus orígenes, la poesía de Antonio es un espejo de hermosas metáforas, y no va a consentir deteriorar su reflejo en el libro que hoy nos presenta. A mi modo de interpretarle, esta pauta metafórica ya queda patente desde su propio título; si no ¿qué otra visión se nos está presentando en "Un camino a poniente"? ¿No camina a Poniente toda vida de nacido; toda toda virtud que es parte de laNaturaleza? Pero el hombre sabe que antes de llegar a esa puesta de sol (o de la vida), cualquier recorrido tiene sus luces y sus sombras. Y en esta razón intenta el poeta grabar el mosaico de sus versos y mostrarnos más estético el paisaje. No en vano ya desde el segundo poema, nos hace ver cómo en "el cuaderno escolar, / para escribir las breves confidencias, / ha vestido de sepia su reducto de pan".
Walt Witman consideraba que todo poeta está escribiendo siempre el mismo libro. Y nos daba su ejemplo personal en la permanente continuidad y revisión, viendo crecer, edición tras edición, el volumen de Hojas de Hierba. Y algo similar le ocurre a Ruiz López de Lerma en Un Camino a Poniente, donde si bien el conjunto de la entrega se nos presenta en la individualidad de un libro, no deja de ofrecernos los habituales temas de su más cercana partitura. Uno no tiene por menos que motivarse, leyendo versos como "tengo entre la mía / el calor de una mano chiquitita / calentando mi tiempo con sus dedos", o más cercanos aún a su latido: "Blanca llegó distinta esa mañana. /Ardía en sus ojos / un sol de mar acariciante y dulce. / Había miel en la paz de su sonrisa / y primavera calma en su palabra".
Nada socio-humano le es ajeno a la poesía de Antonio, porque en ella se produce un contacto personal que nos pretende y sorprende a través del mensaje existencialista que emana de sus versos. "Vencido por la tenue melodía" de su expresión, el poeta cala en sus lectores vistiendo de humanismo y cercanía su legado. Su poética es relación de tiempo y vida, los meses y la existencia, las fechas y la familia, el ambiente y los acontecimientos sociales; es el pensamiento de alguien a quien le preocupa la naturaleza y el mundo del hombre. A veces, en títulos anteriores, extiende su humana cercanía hasta las Madres de la Plaza de Mayo o a la sinrazón que acabó con la vida de Monseñor Romero.
Como a gran número de los poetas de su tiempo, de nuestro tiempo, halla en la infancia el manantial más fuerte y puro con que regar sus versos. El padre, la madre, el esposo, la idiosincrasia del pueblo,escenas familiares, las de su colegio de infancia, que luego algunas se verán reflejadas en su ejercicio de profesorado, el hijo que fue y el padre que sería más tarde, el abuelo... Todo, todo es condición con que se impregna la cercanía lírica del hombre.
Para el ejemplo del niño que preconiza su grandeza infantil dentro de este libro, yo me quedaría con el poema que titula "A veces...", que si bien empiesza con la perfección de una rima y una métrica exigente en toda preceptiva, estas exigencias se van diluyendo hasta cumplir, esto sí, con el perfecto ritmo acentual a que se ajustan heptasílabos y endecasílabos, liberados de rima pero plenos de musicalidad. Con parecida intención, para ubicarlos en el Poniente metafórico a que el poeta conduce su vitalismo, no resultaría erróneo ilustrarlo con los dos últimos versos del " Soneto para un 24 de diciembre", que dedica a sus hijos, donde, haciendo recuerdo del futuro igual que Goete hizo profecía del pasado, el poeta demuestra que "un aroma de amor, en el pañuelo / les sirvió para dar la despedida".
Hay algo que para mí es noticia en esta entrega de Ruiz López de Lerma, quien dominador, insisto, de preceptivas literarias, nunca utilizó tan reiteradamente el molde clásico de la décima real y del soneto, alguna silva, quintillas y octavas reales como lo hace en Un camino a Poniente. De aquellas, de las décimas, me atrevo a destacar "Atardecer de octubre", donde el mar agiganta su fuerza de inmensidad y lejanía, y, "Jorge", dedicada al nacimento de su nieto; y, de entre los sonetos, el que titula "Casi noche", perfecto en su concepción y mensaje de un atardecer junto a la playa.
Son estos dos temas, la familia y el mar, presencias vitales en este libro de Antonio. El tema familiar, con otros que ya le resultaran igualmente cercanos, convivieron y conviven de modo casi continuo en la obra del poeta; el mar es un trasplante corporal que ha despertado el ánimo en la palabra del poeta al tiempo que el hombre se entregó al éxtasis de su contemplación y disfrute más próximo y directo. De ese ayuntamiento, de ese matrimonio o simbiosis ha nacido Un camino a Poniente. Inevitablemente tiene raices de su propio pasado. No en vano mantengo las tesis del viejo camarada de Long Islam, que todo poeta está casi siempre escribiendo la continuidad del libro que originó el primero de sus títulos. Pero bien venido sea este Poniente que, si en principio lo tomé como origen de metáfora existencialista, en su continuidad no deja de ratificarse como una poética alentadora que prolonga la vida y obra de Antonio Ruiz López de Lerma.
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ALGUNOS DE LOS POEMAS
QUE FIGURAN EN EL LIBRO:

Una lejana tarde de lluvia
en primavera

Tenía la tarde aromas de acacia florecida.
Perfumaba la lluvia la tierra en primavera
y mi infancia volaba, segura en la querida
geografía de ternura de la oración primera.

Mi padre me guardaba su calor en la mano,
donde se refugiaban mis dedos escolares.
Mariposa de sueños volando hacia el verano,
siempre tejían las cinco, en mágicos telares
de libertad, la vela de mi humilde barquilla.

Yo tomaba, recuerdo, su mano y regresaba
a la segura calma de una mesa camilla
con un trono vecino de anea, donde jugaba
a encuadernar mis sueños en un soplo de viento
maternal. En mi frente coronaba la vida
la luz de la esperanza, paloma el pensamiento.
Tenía la tarde aromas de acacia florecida.


En mi cita de mayo

Mayo otra vez, la mies está crecida.
la brisa mece el tiempo en el ribazo
y el recuerdo se anuda, en tierno lazo,
al corazón. -Regreso a la dormida

caligrafía escolar, cuando la vida
estrenaba su luz bajo un cedazo
verde de primavera y, trazo a trazo,
dibujaba mi sueño en la querida

geografía familiar ...-
Mayo de nuevo.
Doce en el sol que alumbra la mañana.
Más pequeño el cuaderno, donde sigo

anotando la vida, mientras llevo
un niño hasta el cristal de la ventana
y el oro va cubriendo ya mi trigo.


Alba

I

Blanca llegó distinta esa mañana.
Ardía en sus ojos
un sol de mar acariciante y dulce.
Había miel en la paz de su sonrisa
y primavera calma en su palabra.

-Tenía el pensamiento
bordado en la mañana de un tiempo venidero.-

Y la supo su madre portadora
de vida por llegar,
aún antes que su voz se lo anunciara ...

Y se unieron las dos en un abrazo,
con los ojos brillantes
y el corazón perdido en un adagio.

II

Le robó la emoción
un átomo del mar de los afectos.
La vida es,
dije,
una carrera de relevos.

-Alba,
dos centímetros largos
de enamorada carne
aún aguardaba
el ascua blanca de su sol naciente-

Mirábamos los dos,
cárdeno en el cristal el horizonte,
atardecer con calma
sobre el Mediterráneo ...

Le brillaron los ojos,
sintiéndose ya abuela
y se llevó la mano a la mejilla
evitando mirarme.


Un ayer, ya lejano ...

Un día se envolvió el sendero
en la brisa marinera
del sur. Con una habanera
trocó su ruta el viajero
soñando ser marinero
junto a la espuma y la arena.
Y en un canto de sirena
varó el sueño adormecido,
desmigando en el olvido
la sombra de una cadena.


¿Cuantos versos le faltan
a la historia ...?

Atrás la sombra oculta ya el paisaje,
las palabras primeras, el sonido
del viento susurrando en el encaje
de los sueños de un niño, el prometido
arcón de primavera, y el mensaje
que descifrar en un desconocido
jardín de fantasía ... Frente al sendero
cercano, el mar aguarda ya al viajero.

-¿Cuántos versos le faltan a la historia ...?
¿Cuántos besos de amor aguarda el trigo ...?
¿Cuánta esperanza queda en la memoria
muerta la primavera ...?-

No consi
go
pincelar con la palabras, de la noria
del futuro, rodando hacia el abrigo
de un almendro, el frescor de un arroyuelo ...

Murmura el mar, fundido ya en el cielo.


Atardecer de octubre

Recita el mar su habanera
casi en soledad. Desmaya,
en la quietud de la playa
el sol su lumbre. Y espera,
bajo la luz marinera
del atardecer, el día
bañarse en la algarabía
inmensa de la nevada,
que la libertad alada
lleva hasta la lejanía.



viernes 19 de diciembre de 2008

ALGUNOS POEMAS RECOGIDOS EN DIVERSAS PUBLICACIONES



Es casi noche ya ...

Miro , desde el recuerdo, la agonía
de una tarde de abril, con la añoranza
de un paisaje de miel... En lontananza
un niño que se aleja. Muere el día

tras un cromo de mar... La lejanía
diluye los colores y me alcanza
la niebla que se inicia. El tiempo avanza.
Es temprano, me dicen, todavía,

para llevar la barca hacia poniente.
Pero la luna besa ya la vela,
y la pleamar preludia una partida

con caricia salada y penitente.
Es casi noche ya... Tras la cancela
se abre la soledad como una herida


Ültimos versos a Paco

Se te enconó el invierno en la ternura
al despertar el sol;
y tan temprano
que la orfandad se refugió en el tiempo,
nevado ya,
de cerros estivales,
como una barca que regresa al puerto
del corazón materno.
-Acaso niño
escondiendo su pena en el recuerdo
de una noche de Reyes-

Se te enconó el invierno en la ternura
del inflamado almendro de tus cosas,
compañero de vida ...

No te pude pasar,
como otras veces,
el brazo por los hombros.
No me diste siquiera
el tiempo necesario para recomendarte
prudencia en el camino,
compañero
de seda y confidencias.
Te hubiera preparado,
a buen seguro,
una bolsa liviana
de palabras tan sólo,
con intención de darle miel a tu soledad.

De palabras tan sólo,
compañero ...
Nunca tuve otra cosa
mejor qué regalar ...

No,
no me dejaste tiempo.
¡Se abrazó tan temprano
la noche a tu viñedo ...!



Momento de amor


La luminaria rompe el terciopelo
del tiempo detenido. Enfebrecida
arde la piel, casi cristal, herida
en lluvia de alfileres. Alza el vuelo,

como gaviota que arañase el cielo,
el pensamiento en libertad. La vida
se perfuma de sándalo y anida
sedosa en nuestras sienes, como un velo

que pone beso a la caricia. Estalla
todo el fragor del mar en la cintura,
vertiéndonos su su espuma en precipicio

y un campo de mapolas. donde calla
el susurro estival, se desfigura
herido por mil fuegos de artificio.


¿A qué huele este vino ...?

Huele a amistad y a tiempo de ilusiones,
a sueño y a paisaje, a algarabía.
Huele a recuerdo, a luz; huele a canciones
de juventud perdida y armonía.

Huele a paz compartida, a campo, a cielo.
Huele a solar manchego y a ribera.
Huele a jornal, a senda, a tenue velo
de tul ilusionado. Huele a espera.

Huele a pasado añil entre membrillos;
a colcha de algodón. Huele a camino.
Huele a pueblo, a laguna a amanecida,

a trigos que se mecen amarillos,
a copla y a guitarra, al ambarino
collar de alguna novia. Huele a vida.


ESTE POBRE RECUERDO
-A Sagrario Torres-

Era ya casi el alba, mar de acero
y estrellas como techo del estío.
Se ahogaban las palabras en el río
de la vida que corre, mensajero

de sueños, derramando en el estero
del alma, inalcanzable, el desvarío
de su verso y mi verso, desafío
al tiempo que se muere...
Marinero

en la barca de viento del pasado,
vuelve la imagen. Llama a mi ventana,
toda penumbra ya, la sacudida

urgente del recuerdo, engalanado
con rosas de amistad, como una nana
por "su espina dorsal estremecida".



Si te precedo

Si te precedo rumbo a lo infinto,
asómame hasta el mar en tu mirada
y llévame la luz a la varada
esquina de los sueños. Cuanto he escrito

derrámalo en el viento manuscrito,
cuando el atardecer, por la nevada
de gaviotas ... Susúrrale a la almohada
alguno de mis versos, que, marchito,

se deshojó en el vaso del olvido.
Yo estaré en el paisaje de tu estío.
primavera otra vez, mientras asoma

el alba a la ventana y al dormido
arenal desemboca, en oro, el río
con que el cielo bendice a la mañana.






lunes 20 de octubre de 2008

Estación Término




















La amarga aventura de D. Eleuterio

Fernández, contratista jubilado, esperaba, como todos los días, sentado a la sombra de la enorme morera,la salida de su amigo, don Eleuterio. La costumbre adquirida hacía más de un año, cuando se conocieron, era ya casi un rito para ambos. A las cinco en punto,cual si de una cita torera se tratara, los dos amigos, con paso calmoso, se dirigían al bar "Los Castellanos", donde Juanjo les saludaba sonriente apenas trasponían la puerta y se les acercaba, el eterno cigarrillo aprisionado en la comisura derecha de los labios, mascullando "lo de siempre, ¿verdad?". Lo de siempre eran dos carajillos de coñac, que los dos amigos tardaban más de una hora en tomar a pequeños sorbos, mientras despellejaban al gobierno.

Fernádez era el único amigo que don Eleuterio tenía en la ciudad, a la que llegó, por concurso de traslados, desde su adorada aldea rural, que, huyendo de la soledad, dejó tras las huellas de su hija cuando quedó viudo. Para Fenández, la amistad de don Eleuterio era como un trofeo del que presumía siempre que le era posible. -" Un pozo de ciencia este hombre, un pozo de ciencia. ¡Lo que sabe...!- A don Eleuterio le cautivó la bondad que emanaba de los ciento veinte kilos de Fernández y la afición a los toros, que tenía tan enconada como él mismo.

No llevaba don Eleuterio demasiado a gusto su trabajo en el enorme centro escolar de la ciudad al que llegó destinado. Demasiada burocracia..., demasiados "especialistas"..., demasiadas reuniones donde el tiempo se perdía lastimosamente..., absudos nombres que pretendían disfrazar a los perros de siempre cambiádoles el collar... A veces le parecia estar oyendo, en las plomizas sesiones de los claustros, un idioma extranjero, mezcla de geometría, esnobismo y necedad, adobados con latines, que se sentía incapaz de comprender -¡currículum, diseño curricular, segmento curricular de ocio, temas trasversales..., manda güevos!- Salía de ellas con una leche como un turco, que le duraba por lo menos hasta la hora de cenar. Pero lo más molesto era estar sometido a la autoridad de aquella solterona, fea como una vieja cabra, que imperaba, más que dirigía, en el colegio, donde don Eleuterio se sentía y realmente lo era, el último mono desde el día de su llegada. Él precisamente, a quien veneraban los sencillos habitantes de su añorado pueblecito...

Lo vio llegar Fernández hacia su banco, torcido el gesto, nadando en la riada de enanos.

-"Terribles, Fernández, terribles... Hay que evitar siempre que topen de frente con uno en su alocado revoloteo si no se quiere recibir un topetazo de muerte en las pelotas..."

Respondió apenas al saludo de su amigo y se limitó a caminar a su lado sin palabra, emitiendo algún que otro bufido que sorprendía a Fernández, quien, respetuoso, se limitaba a estudiarle, sin hacer pregunta alguna, por el rabillo del ojo.

Hasta Juanjo, cohibido por la cara de enterrador, inusual en don Eleuterio, guardó prudente silencio y, tragándose la frase de costumbre, se limitó a poner ante ellos las humeantes tazas, apresurándose a escabullirse tras el mostrador.

-¿Humillante, Fernández, humillante...! -explotó por fin don Eleuterio-, ¡es una...! ¡Hacerme esto a mí...! ¡Ya no hay respeto...!

-No se ponga usted así, hombre, no será para tanto.

¡Qué no! Ahora verá usted, Fernández, si es o no para tanto. Ya le digo, ¡humillante!

Abría las manos como pretendiendo mesurar, ante los espantados ojos de Fernández, el tamaño de la ofensa, rechinando los dientes entre bufido y bufido..

-Vamos, vamos, serénese...


-¡La muy...! ¡Enviarme a la clase de preescolar...!, ¡a preescolar...!

-¿A preescolar...?

-Si, tres, cuatro años... ¡los cagones, vamos!

-Ya comprendo.

-No, Fernández, no puede usted comprenderlo, créame, no puede. Y, digo yo, como le he repetido "si no es obligatoria la enseñaza de estos críos, ¿cómo me han de obligar a mí, a joderme para hacer quedar bien a la administración ante las mamás...?". ¿No cacarean tanto sobre especializaciones...? ¡Que manden a una especialista!, ¡coño! Yo soy maestro, no niñera...

-Haberle dicho que nones, hombre. ¡Que hubiese ido ella...!

-Se aprovecha, Fenández. ¿No ve usted que, ante la inspección, lo que se le ocurre a esta señora es ley...? Como los señoritos del ministerio no quieren problemas, dan carta blanca a estos títeres, que, desde su mediocridad, se sienten seres superiores. Si me niego me denuncia ante la inspección de enseñanza. Ya lo hizo con un compañero al principio de curso... Yo no puedo dejar que echen un borrón en mi expediente. ¡Hasta ahí podíamos llegar...! Precisamente ahora, con un pie en la jubilación...

-¿Entonces...?

-Pues... que fui, Fernandez, que fui..., acojonado, si me permite la expresión, pero fui. No puede hacerse una idea... Parece mentira que unos seres tan diminutos derrochen tal cantidad de energía. No paraban... Nada... Se subían por las mesas, saltaban, se manoseaban... Gritaban... Haciendo de tripas corazón, dí unas palmadas tratando de calmarlos, pero, ¡quiá! Bueno, les dije, os voy a contar un cuento. -¡Las cabitillas, las cabitillas...!- gritaron a coro tres o cuatro de ellos, con caras de caracoles babeantes.

-¿ Las qué...?

Si, el cuento aquel de las siete cabritillas y la mamá que salía al mercado...

-¡Ah, ya!

-Me senté y comence a contarles el dichoso cuento. que jaleaban con festivas risotadas y gritos desaforados, mientras uno de ellos me registraba los bolsillos de la chaqueta y otro escalaba mi sillón por detrás... "Paciencia", me dije siguiendo el relato. Usted verá que ni siquiera a mi nieto le tolero estas cosas... Bueno, pués así transcurría la encerrona, cuando reparé en uno de aquellos enanos, que parecía escuchar con toda atención, en pie, muy serio...

-Qué raro, ¿no?, ¿estaba malito...?

-Eso pensé yo, que dejando el cuento, me acerqué a él. No estaba enfermo, no, aunque, por el olor que desprendía, podría haberse pensado que se estaba descomponiendo...

-¡Ja, ja, ja..., se había cagado el jodido...!

-No se ría, Fernández, la cosa no resultó una broma precisamente.

-¡Ja, ja, ja... ! ¿Cómo se las arregló usted...?, ¡ja, ja, ja... !

-Miré por la ventana, esperando el milagro de ver a alguien en el patio, ya sabe usted que las aulas de estos críos están separadas de las demás; alguna compañera, la señora de la limpieza... ¡qué se yo... ! Pero, nada..., ni un alma. Armándome de valor, arrastré al angelito hasta el baño del pasillo, con intención de quitarle el pantaloncillo y ponerle a remojo, en el lavabo, el area maloliente. Llevé a cabo la primera parte de la operación, pero hube de posponer la segunda, dejando al putrefacto querubín en la puerta de baño, con las embadurnadas pelotillas al aire de la siesta, porque un ruido de cristales rotos me hizo correr hacia la clase...

-¿Se habían cargado algo...?

-Dos o tres de aquellas termitas, armadas de piedras que habían salido a buscar al jardín, se entretenían en destrozar las ventanas. ¡Madre mía...! ¡cristales...!. Había que apartarlos de allí. Corrí gritando hacia ellos y los alejé como pude de la ventana rota. Reían y chillaban con un ruido semejante al que hace una locomotora sobre las vías cuando el conductor acciona los frenos, pero suspiré aliviado, ¡menos mal que ninguno había sufrido daño...!. ¡Duró poco el alivio, Fernández... Los gritos del pasillo me hicieron recordar a mi abandonado maloliente... Amenazando al resto con arrancarles la piel y echarles sal si se movían de su sitio, salí al pasillo. ¡Qué cuadro...!

-¿Qué ocurría allí...?

-Dos mocosuelas, escapadas de la clase cuando el bullicio del cristal, atraidas, sin duda, por el extraño colgante del compañero, que seguramente era la primera vez que veían, habían hecho presa de una de las pelotillas cada una y tiraban de ellas, sin mostrar escrúpulo alguno del barniz que las embadurnaba. Les rugí, creo, más que reprenderlas, porque soltaron la presa y rompieron a llorar...

-¡Ja, ja, ja...!

Fernández se echaba mano a los costados, sofocado, mientrar corrían las lágrimas por sus mejillas.

-¡Ja, ja, ja...!, ¿cómo se las... -ja, ja, ja...- arregló...?

-¿Cómo...?. Gracias a Rosa, la señora de la limpieza. Los gritos la hicieron venir... Gracias a ella...




¿Tango...?


Por la ventana abierta a la avenida se asoma al salón la calurosa noche de mediados de Junio con su incesante ruido. Omar, recién salido de la reparadora ducha, con que desconecta cada jornada de su mundo laboral, juega con la pequeña Adriana, que. como una mariposilla nocturna, revolotea a su alrededor, menuda y vital. María, la nena mayor, se ha quedado dormida sobre el sofá ahíta de juegos.

- Mira, mira....

Adriana le pone ante los ojos un frasco de cristal, donde, entre algodones, unas judías comienzan a desperezar sus hojas, empujadas por la magia de la humedad. La voz de María Luisa le llega desde la cocina entre ruidos de loza.

- Omar, lleva a las niñas a acostar...

Adriana, con ojuelos sonrientes, mueve el dedillo índice en una negativa, ante los ojos de su padre, que la pellizca en la mejilla.
- Apresúrate, la cena está lista.
- No, no, papá. Yo no quiero que nos lleves todavía...
- Vení acá, "porota". ¿Por qué vos no querés, aquí no se duerme...?

Y la mira simulando un enorme enfado mientras sujeta la risa, al tiempo que vuelve a encontrar en los ojos de la niña la misma inmensidad del mar que en los ojos de Eva. Eva,... ¡Cómo la recuerda...! Ella estaba allí, mirándole marchar, a lo lejos, como muda imagen de despedida, acaso, con el corazón encogido de miedo por él, sin atreverse siquiera a levantar la mano para decirle adiós..., perdida en el anonimato de la masa de gente del aeropuerto... Nadie más supo de su huída precipitada... Sólo ella, su recordada hermana Eva...

- ¡Jo, papá! Otro ratito, por fa...
- Nada de eso, "porota", ¡a la camita!

Corría el año 1975. Se habían intensificado los estallidos de disconformidad hacia el Gobierno, sin que la Presidenta, María Estela Martínez de Perón, fuese capaz de dominar la situación y, ante las continuas amenazas del Ejército Revolucionario Popular y los Montoneros, dispuso la intervención militar en la provincia de Tucumán en un intento de sofocar la llama de desencanto del Pueblo. Aumentó la guerrilla urbana de Santa Fé y Córdoba. La prepotencia de López Rega, en quien se apoyaba la Presidenta de tal modo que llegó a hacerle Secretario de la Presidencia, atrajo hacia el poder la enemistad de amplios sectores, C.G.T. entre ellos. El día 4 de Julio, el fantasma de la huelga general, exigiendo aumento de salario a los trabajadores, ennegreció el país.

Omar devoraba la prensa diaria. Le dolía el declive al que, como otros tantos, veía precipitarse el futuro. Su sangre joven, fogosa como un potro, enervaba su voz, cuando se dirigía, apoyado en la confianza que sus compañeros depositaron en él al nombrarle delegado, al encrespado mar estudiantil. Era un buen estudiante. Trabajador incansable, de mente ágil e ideas claras, se había convertido en líder casi sin darse cuenta.

- Un besito, papá..., ¿me cuentas un cuento...?
- Mañana, ¿eh? Ahora, dormí
- Bueno, pues que venga mamá...
- Se acabará enfadando... ¿sabés?

Acaso fue el 25 de marzo del año siguiente la fecha que abriera, precipitadamente, las puertas a la negrura. Destituida María Estela Martínez de Perón, los "salvadores de patrias", los uniformados representantes de la represión eterna, extendieron, implacables, su garra destructora sobre argentina. Aquel año dejó morir su vida de estudiante el generoso holocausto a la libertad. Y aquel año comenzaron las lágrimas, los sonidos de botas militares subiendo amenazantes la escalera, el susurro apagado de las voces tras la atrancada puerta, el miedo denso como la niebla envolviendo las calles, las desapariciones...

La "browning" que le entregaron pareció quebrar su juventud, como si fuera de cristal precipitándole de manera violenta a su quehacer de hombre...

- ¡Por fin se durmió! Se resistía...

- Las mimas demasiado, Omar. Ya sabes lo que dice mi madre: " Si te haces de miel, te comerán las moscas".

- ¡Oh, no!, aún son demasiado chiquitas. ¿Sabés quién me llamó al trabajo esta tarde...? ¡El "negro"!. ¡ Después de casi un año...!

- ¿Pablito...? ¿Qué quería...?

- Imaginate... ja, ja..., ¡guita...!¡Este "negro"...!

- Es verdad, no cambiará nunca. Aún no te ha devuelto el dinero que le dejaste y hace ya casi dos años... ¡qué morro...!

- Es un amigo, Luisita, y la guita es eso... sólo guita. Me pasás la fruta... Un amigo es algo importante...

Sus amigos fueron detenidos. Se diría que cada uno de sus pasos era conocido, que cada uno de sus movimientos estaba controlado. No tenía miedo, sólo congoja, una congoja asfixiante que llevaba pegada al cuerpo, en soledad, lejos de la vivienda luminosa y baja de Lanús, de la que salió de noche, sin despedirse más que de Eva, que, en camisón, le sorprendió cerca de la puerta y, sin preguntar, le abrazó con los ojos brillantes, susurrándole -"Tené cuidado, hermano..."- En soledad, perdido por las calles de Buenos Aires, añorando el pasado... Añorando las cálidas tertulias en "La Fiaca", entre Pavón y Brasil -"dos de mozzarella y una Coca-Cola..."-; los encuentros en "El clavel"... Tras una interminable soledad de casi cuatro días, pudo escapar hacia el sur...

- ... algo muy importante, Luisita, creéme....

"Señores pasajeros. dentro de unos momentos tomaremos tierra en el aeropuerto de Barajas...". La voz impersonal de la azafata le trajo a la realidad de un país extraño. Se encongió de hombros. Aquí, como fuese, continuaría su lucha.

Buenos Aires, a su regreso de Rosario, donde le llevó la urgente necesidad de detener la vuelta de los compañeros que llegaban a encontrarse con una trampa mortal, hervía de patriotismo. Galtieri, siguiendo la manoseada añagaza de que suelen echar mano los dictadores, había embarcado al pueblo en la loca aventura de una guerra. Había que echar al invasor del suelo patrio. Morían los jóvenes en la lejanía de las malvinas, de una manera absurda. No fué capaz de hallar a sus compañeros, a sus camaradas de siempre. Eran ya sólo nombres en largas listas de desaparecidos, que se habían quemado como las mariposas al acercar su vuelo enamorado a la llama de la libertad. Se quedó el tiempo justo para hacerse con una documentación falsa y hacer llegar a Eva, la mágica hermana de sus recuerdos, el triste recado de su partida... Los buscaría en España. Algunos escaparón allá. Allá se reorganizarían...

Bajó la escalerilla sin más equipaje que el odio acumulado en sus años de lucha bajo la proscripción, un sueter, unos tejanos y una irrisoria cantidad de dinero español en el bolsillo, pero se sentía fuerte. Nadie, absolutamente nadie le haría olvidar. Nadie podria vencer aquel odio de acero...

- ¿Un matesito, Luisa...?
- Si, ve al salón y pon un poco de música. Enseguida caliento el agua. No subas demasiado el volumen, no alborotemos a las niñas. De todas maneras no nos vamos a quedar más que un ratito, mañana has de levantarte muy temprano...
- Es igual, vos sabés lo lindas que son estas veladas, ¿no es sierto...?

Lo sorprendió la cálida caricia de su piel meses después. No le importó su aspecto ni la barba cerrrada de varios días, sólo su corazón y la dulzura, se lo dijo después, de su acento melódico. La primera vez que le tomó el cansancio a su lado, en la semipenumbra, ahítos los dos de amor, se supo derrotado. Notó, dentro de sí, desmoronarse el hielo del odio acumulado al calor de aquel cuerpo cercano. Notó que le mojaba las heridas del alma una benevolente lluvia de olvido...

- Sólo vos pudiste, Luisita. Nadie más hubiera sido capaz...

- ¿De qué me hablas, Omar...?

Sonriente, le ofrece el mate, al tiempo que se sienta en sus rodillas y los dos se sienten envueltos por una voz tenue que se escapa de los altavoces: "Miii Buenos Aiiires querido..."

Plaza de Mayo




















(I)
1985



Madrid...

-A muchos vientos de una plaza
mecida en la tristeza-

Mediodía de sol,
humos,
bullicio.

El autobús conjuga
un racimo de seres
en silencio,
desmiga en el asfalto
las distancias
y ronca
soledades de gran ciudad,
perdida
en el cuaderno nuevo del progreso.
Sólo una voz,
viajera,
loca,

-comenta alguien-

relata en un monólogo
la pena,
con acento de allá.

Madre dolida,
de mirada marchita,
repite
entre vocablos que son como un zumbido
una queja monótona.

-"Se lo llevaron..."

- dice;
y susurra su nombre
con cariño de miel.

Reclama
en alta voz
sin esperanza,
enajenada,

-piensan-

arrugando la breve cartulina
desgastada de besos....



(II)
1976-1977



La Plaza es una cuna
mordida por el hacha,
una diapositiva de cariño,
velada
por la lámpara hiriente
del interrogatorio.
Un recuerdo,
sangrante,
que las palomas nievan,
con mudedad,
al mundo de los ordenadores,
en copos de pañuelos.
Y es la tela una nana
de sollozos que llueven
y un bosque los letreros
donde el invierno puso
su silencio,
en escarchas
para robar el sueño de los ojos cansados,
ante la indiferencia.

-Duérmete, hijo del tiempo
que la opresión te escucha.
No pienses en voz alta.
Razonar es delito,
lo fue desde que el hombre
quiso el poder ...
Calla ...
Si sufres serás bueno,
premiado,
ejemplo ...
No confíes en colores,
la ambición los destiñe.
Duérmete.
Si despiertas
vendrán los uniformes ...
Los uniformes
que nuestra tierra paga
para que nos protejan.
Los uniformes
que han colocado a Dios
en su bandera,
bendecidos.
Los uniformes
que nos arrebataron
ese trozo de cielo
que nos alimentaba
en la soledad.-

Cada fotografía
tiene sobre la pátina de los años
la seda de un olor de pañales
y un breve balbuceo
de bálsamo ...

Cada fotografía
guarda el eco acunado
de los primeros años,
cuando la madre resumía su sombra
en una cala íntima
protectora de furia
de las aguas salvajes
en la calle estrenada ...

Cada fotografía
lleva el beso en la frente
-paloma de esperanza-
la fecha en que se abrieron las puertas del trabajo ...
Y las noches sin sueño,
cuando la aborrecida mensajera del frío
le rondaba la cama.
Y la ropa planchada,
cuando la carne henchía
de primavera el riego
y dejaba la casa
para beber las noches
en regazos de plumas ...

Cada fotografía
es un credo de vida
que se dispara
desesperadamente
al azul de los cielos,
implorante,
perdido ...

...................................

Los ecos desmadejan
por la Plaza
el quejido de la Naturaleza,
herida.
Es la historia que muere,
torturada,
en el tiempo;
migando sus ancestros
de flores libertarias.
Es la tierra que suda
el sufrimiento impuesto
sobre el olor a origen
de los Pueblos pasados
y los bélicos sones de las Razas,
dormidas,
gravitando en las cuentas de la arena infinita
que acuna el mar eterno
de libertad ...

Maternla Argentina
de azucenas de plata
florecidas
al paso de los amaneceres ...
Maternal Argentina,
heredera del viento
de Matacos,
Chorotes,
Charúas,
Araucanos,
Pulches,
Onas,
Diaguitas ...
cristalizando el polen
antes que la armadura
impusiera su norma
y parcelara
el verde de las tierras

-Llegaron de la niebla
de la leyenda,
altivos,
para meter la noche
en un arca importada
y tallar las hogueras
con modelos remotos-

Maternal Argentina
de las pampas de grano,
receptora de sombras,
en caliente sollozo
que reclama a los hijos del calor sometido,
ahogada en su congoja
sin obtener respuesta;
¿hasta cuando la sangre florecerá en ausencias,
con cansancios
de lejanías eternas
en palomas de cal,
sin levantar la pira
donde los sacrificios
purifiquen el aire
e inmolen a los cielos la semilla maldita
de los uniformados
cainitas intocables ...?



(III)
1996



... Un corazón de hielo
derramó
como hiel
en torrente
un río de luto al paso de los años:

Las órdenes,
el dictamen de plomo
de cuantos creen su frente
signada por el dedo de magia del destino,
de los que creen

-salidos de un infierno
inexplicable_

que el cielo es pertenencia,
heredada,
de unas clases preclaras.
Ladrones
de la maternidad impuesta;
secuestradores
de los hijos,
imocentes hinojos, que el odio

-no el amor-

hizo nacer
al cabo
de un tiempo de injusticia
y hoy reclaman
las damas de las blancas
gaviotas de pañuelos,
a las que el tiempo les dobló el tejido
de su pérdida
loca,
incomprensible,
sin medida ...

..........................

Se fueron sin amor,
sin un roce de labios, maternal, en la ftrente,
sin una mano impuesta

-con el calor del alma-

enlazando sus dedos.

-Sólo el mar,
el mar
inmenso
eterno,
inabarcable,
como una lágrima
que Dios dejó caer ...-

El mar les dio el arrullo,
la caricia,
la seda.

El mar les abrió el lecho
de nacarado seno,
los arropó con algas
y sábanas azules con encajes de espuma.
Acunó el sueño eterno
de sus ojos cerrados,
con ocultos sonidos de enormes caracolas.
porque el mar,
zafiro inabarcable,
multiplicó por cifras de amor su desventura,
hizo galas de luz
para vestirse
un manto de agua nueva
y recibirlos,
desterrados proscritos,
sin siquiera el adiós
de algún pañuelo
que agitara la brisa;
sin más bagaje
que la carne marchita
que les sirvió de andamio
para ejercer su oficio de vivir;
para hollar los caminos,
pensar,
besar en mieles;
deshacerse en nevadas de piel estremecida
en susurros nocturnos;
hablar,
acalorando
su alrededor en llamas
de nerviosas ideas;
sufrir,
sudar el premio de su salario;
desgastarse los ojos en páginas
huidizas;
frente a los paraninfos;
cubrir el papel virginal
de mensajes,
con la idea inamovible
de encalar el mañana ...

Sin más bagaje
que la carne...



-La idea huyó como el humo
sin que la garra obscura
la pudiera apresar,
para sembrarse
como semilla
tenue
esparcida a los vientos,
en otras carnes
abiertas al amor,
aún debajo
de las suelas castrenses
y el roce hiriente del acero impuesto,
porque ...,
¿quién pone freno
a la impetuosa libertad de un río ...?


El mar les dio el asilo
para siempre,
en sus pliegues.
Y celebró por ellos exequias
de agua,
en esmeralda limpia.


Acaso hasta cubrió su superficie
con un vaho gris,
después de la acogida.
Un vaho de pensamientos,
eternos,
como un enjambre
de marioposas
que puso velo al agua
y que algún navegante,
en su ignorancia
de la maldad que impuso el holocausto,
acaso creyó niebla.


Una moneda de sombra para un sueño





















............................................
............................................
.............................................

Alzo mi vaso en el viento

mientras la tarde se muere
y crece la sombra. Quiere
abrazar mi pensamiento

la luz; lloverse en adviento

sobre otra tierra, que espera,

vestida de primavera

en medio de la utopía,

arados de fantasía.

Y pienso...

Si se pudiera...

...................................................
...................................................


Paquita

Tiene el sol de la infancia dorándole el sendero
de un colmenar dormido en el alma abrileña
y la frescura alada de un eterno velero

navegando en los rizos de luz de la mañana.

Cautivo del encaje de un sueño marinero,

mediterráneo, libre, mecido en habaneras,
se asoma a la ventana su corazón viajero

mirando al infinito, mientras borda en colores

el vestido de luna de un tiempo venidero.

Conserva entre las hojas de etéreos girasoles

un cuaderno de cromos. Y guarda el monedero

maternal de otras horas, en cartulina sepia

bajo la leve sombra de un viejo limonero.