lunes, 20 de octubre de 2008

Estación Término




















La amarga aventura de D. Eleuterio

Fernández, contratista jubilado, esperaba, como todos los días, sentado a la sombra de la enorme morera,la salida de su amigo, don Eleuterio. La costumbre adquirida hacía más de un año, cuando se conocieron, era ya casi un rito para ambos. A las cinco en punto,cual si de una cita torera se tratara, los dos amigos, con paso calmoso, se dirigían al bar "Los Castellanos", donde Juanjo les saludaba sonriente apenas trasponían la puerta y se les acercaba, el eterno cigarrillo aprisionado en la comisura derecha de los labios, mascullando "lo de siempre, ¿verdad?". Lo de siempre eran dos carajillos de coñac, que los dos amigos tardaban más de una hora en tomar a pequeños sorbos, mientras despellejaban al gobierno.

Fernádez era el único amigo que don Eleuterio tenía en la ciudad, a la que llegó, por concurso de traslados, desde su adorada aldea rural, que, huyendo de la soledad, dejó tras las huellas de su hija cuando quedó viudo. Para Fenández, la amistad de don Eleuterio era como un trofeo del que presumía siempre que le era posible. -" Un pozo de ciencia este hombre, un pozo de ciencia. ¡Lo que sabe...!- A don Eleuterio le cautivó la bondad que emanaba de los ciento veinte kilos de Fernández y la afición a los toros, que tenía tan enconada como él mismo.

No llevaba don Eleuterio demasiado a gusto su trabajo en el enorme centro escolar de la ciudad al que llegó destinado. Demasiada burocracia..., demasiados "especialistas"..., demasiadas reuniones donde el tiempo se perdía lastimosamente..., absudos nombres que pretendían disfrazar a los perros de siempre cambiádoles el collar... A veces le parecia estar oyendo, en las plomizas sesiones de los claustros, un idioma extranjero, mezcla de geometría, esnobismo y necedad, adobados con latines, que se sentía incapaz de comprender -¡currículum, diseño curricular, segmento curricular de ocio, temas trasversales..., manda güevos!- Salía de ellas con una leche como un turco, que le duraba por lo menos hasta la hora de cenar. Pero lo más molesto era estar sometido a la autoridad de aquella solterona, fea como una vieja cabra, que imperaba, más que dirigía, en el colegio, donde don Eleuterio se sentía y realmente lo era, el último mono desde el día de su llegada. Él precisamente, a quien veneraban los sencillos habitantes de su añorado pueblecito...

Lo vio llegar Fernández hacia su banco, torcido el gesto, nadando en la riada de enanos.

-"Terribles, Fernández, terribles... Hay que evitar siempre que topen de frente con uno en su alocado revoloteo si no se quiere recibir un topetazo de muerte en las pelotas..."

Respondió apenas al saludo de su amigo y se limitó a caminar a su lado sin palabra, emitiendo algún que otro bufido que sorprendía a Fernández, quien, respetuoso, se limitaba a estudiarle, sin hacer pregunta alguna, por el rabillo del ojo.

Hasta Juanjo, cohibido por la cara de enterrador, inusual en don Eleuterio, guardó prudente silencio y, tragándose la frase de costumbre, se limitó a poner ante ellos las humeantes tazas, apresurándose a escabullirse tras el mostrador.

-¿Humillante, Fernández, humillante...! -explotó por fin don Eleuterio-, ¡es una...! ¡Hacerme esto a mí...! ¡Ya no hay respeto...!

-No se ponga usted así, hombre, no será para tanto.

¡Qué no! Ahora verá usted, Fernández, si es o no para tanto. Ya le digo, ¡humillante!

Abría las manos como pretendiendo mesurar, ante los espantados ojos de Fernández, el tamaño de la ofensa, rechinando los dientes entre bufido y bufido..

-Vamos, vamos, serénese...


-¡La muy...! ¡Enviarme a la clase de preescolar...!, ¡a preescolar...!

-¿A preescolar...?

-Si, tres, cuatro años... ¡los cagones, vamos!

-Ya comprendo.

-No, Fernández, no puede usted comprenderlo, créame, no puede. Y, digo yo, como le he repetido "si no es obligatoria la enseñaza de estos críos, ¿cómo me han de obligar a mí, a joderme para hacer quedar bien a la administración ante las mamás...?". ¿No cacarean tanto sobre especializaciones...? ¡Que manden a una especialista!, ¡coño! Yo soy maestro, no niñera...

-Haberle dicho que nones, hombre. ¡Que hubiese ido ella...!

-Se aprovecha, Fenández. ¿No ve usted que, ante la inspección, lo que se le ocurre a esta señora es ley...? Como los señoritos del ministerio no quieren problemas, dan carta blanca a estos títeres, que, desde su mediocridad, se sienten seres superiores. Si me niego me denuncia ante la inspección de enseñanza. Ya lo hizo con un compañero al principio de curso... Yo no puedo dejar que echen un borrón en mi expediente. ¡Hasta ahí podíamos llegar...! Precisamente ahora, con un pie en la jubilación...

-¿Entonces...?

-Pues... que fui, Fernandez, que fui..., acojonado, si me permite la expresión, pero fui. No puede hacerse una idea... Parece mentira que unos seres tan diminutos derrochen tal cantidad de energía. No paraban... Nada... Se subían por las mesas, saltaban, se manoseaban... Gritaban... Haciendo de tripas corazón, dí unas palmadas tratando de calmarlos, pero, ¡quiá! Bueno, les dije, os voy a contar un cuento. -¡Las cabitillas, las cabitillas...!- gritaron a coro tres o cuatro de ellos, con caras de caracoles babeantes.

-¿ Las qué...?

Si, el cuento aquel de las siete cabritillas y la mamá que salía al mercado...

-¡Ah, ya!

-Me senté y comence a contarles el dichoso cuento. que jaleaban con festivas risotadas y gritos desaforados, mientras uno de ellos me registraba los bolsillos de la chaqueta y otro escalaba mi sillón por detrás... "Paciencia", me dije siguiendo el relato. Usted verá que ni siquiera a mi nieto le tolero estas cosas... Bueno, pués así transcurría la encerrona, cuando reparé en uno de aquellos enanos, que parecía escuchar con toda atención, en pie, muy serio...

-Qué raro, ¿no?, ¿estaba malito...?

-Eso pensé yo, que dejando el cuento, me acerqué a él. No estaba enfermo, no, aunque, por el olor que desprendía, podría haberse pensado que se estaba descomponiendo...

-¡Ja, ja, ja..., se había cagado el jodido...!

-No se ría, Fernández, la cosa no resultó una broma precisamente.

-¡Ja, ja, ja... ! ¿Cómo se las arregló usted...?, ¡ja, ja, ja... !

-Miré por la ventana, esperando el milagro de ver a alguien en el patio, ya sabe usted que las aulas de estos críos están separadas de las demás; alguna compañera, la señora de la limpieza... ¡qué se yo... ! Pero, nada..., ni un alma. Armándome de valor, arrastré al angelito hasta el baño del pasillo, con intención de quitarle el pantaloncillo y ponerle a remojo, en el lavabo, el area maloliente. Llevé a cabo la primera parte de la operación, pero hube de posponer la segunda, dejando al putrefacto querubín en la puerta de baño, con las embadurnadas pelotillas al aire de la siesta, porque un ruido de cristales rotos me hizo correr hacia la clase...

-¿Se habían cargado algo...?

-Dos o tres de aquellas termitas, armadas de piedras que habían salido a buscar al jardín, se entretenían en destrozar las ventanas. ¡Madre mía...! ¡cristales...!. Había que apartarlos de allí. Corrí gritando hacia ellos y los alejé como pude de la ventana rota. Reían y chillaban con un ruido semejante al que hace una locomotora sobre las vías cuando el conductor acciona los frenos, pero suspiré aliviado, ¡menos mal que ninguno había sufrido daño...!. ¡Duró poco el alivio, Fernández... Los gritos del pasillo me hicieron recordar a mi abandonado maloliente... Amenazando al resto con arrancarles la piel y echarles sal si se movían de su sitio, salí al pasillo. ¡Qué cuadro...!

-¿Qué ocurría allí...?

-Dos mocosuelas, escapadas de la clase cuando el bullicio del cristal, atraidas, sin duda, por el extraño colgante del compañero, que seguramente era la primera vez que veían, habían hecho presa de una de las pelotillas cada una y tiraban de ellas, sin mostrar escrúpulo alguno del barniz que las embadurnaba. Les rugí, creo, más que reprenderlas, porque soltaron la presa y rompieron a llorar...

-¡Ja, ja, ja...!

Fernández se echaba mano a los costados, sofocado, mientrar corrían las lágrimas por sus mejillas.

-¡Ja, ja, ja...!, ¿cómo se las... -ja, ja, ja...- arregló...?

-¿Cómo...?. Gracias a Rosa, la señora de la limpieza. Los gritos la hicieron venir... Gracias a ella...




¿Tango...?


Por la ventana abierta a la avenida se asoma al salón la calurosa noche de mediados de Junio con su incesante ruido. Omar, recién salido de la reparadora ducha, con que desconecta cada jornada de su mundo laboral, juega con la pequeña Adriana, que. como una mariposilla nocturna, revolotea a su alrededor, menuda y vital. María, la nena mayor, se ha quedado dormida sobre el sofá ahíta de juegos.

- Mira, mira....

Adriana le pone ante los ojos un frasco de cristal, donde, entre algodones, unas judías comienzan a desperezar sus hojas, empujadas por la magia de la humedad. La voz de María Luisa le llega desde la cocina entre ruidos de loza.

- Omar, lleva a las niñas a acostar...

Adriana, con ojuelos sonrientes, mueve el dedillo índice en una negativa, ante los ojos de su padre, que la pellizca en la mejilla.
- Apresúrate, la cena está lista.
- No, no, papá. Yo no quiero que nos lleves todavía...
- Vení acá, "porota". ¿Por qué vos no querés, aquí no se duerme...?

Y la mira simulando un enorme enfado mientras sujeta la risa, al tiempo que vuelve a encontrar en los ojos de la niña la misma inmensidad del mar que en los ojos de Eva. Eva,... ¡Cómo la recuerda...! Ella estaba allí, mirándole marchar, a lo lejos, como muda imagen de despedida, acaso, con el corazón encogido de miedo por él, sin atreverse siquiera a levantar la mano para decirle adiós..., perdida en el anonimato de la masa de gente del aeropuerto... Nadie más supo de su huída precipitada... Sólo ella, su recordada hermana Eva...

- ¡Jo, papá! Otro ratito, por fa...
- Nada de eso, "porota", ¡a la camita!

Corría el año 1975. Se habían intensificado los estallidos de disconformidad hacia el Gobierno, sin que la Presidenta, María Estela Martínez de Perón, fuese capaz de dominar la situación y, ante las continuas amenazas del Ejército Revolucionario Popular y los Montoneros, dispuso la intervención militar en la provincia de Tucumán en un intento de sofocar la llama de desencanto del Pueblo. Aumentó la guerrilla urbana de Santa Fé y Córdoba. La prepotencia de López Rega, en quien se apoyaba la Presidenta de tal modo que llegó a hacerle Secretario de la Presidencia, atrajo hacia el poder la enemistad de amplios sectores, C.G.T. entre ellos. El día 4 de Julio, el fantasma de la huelga general, exigiendo aumento de salario a los trabajadores, ennegreció el país.

Omar devoraba la prensa diaria. Le dolía el declive al que, como otros tantos, veía precipitarse el futuro. Su sangre joven, fogosa como un potro, enervaba su voz, cuando se dirigía, apoyado en la confianza que sus compañeros depositaron en él al nombrarle delegado, al encrespado mar estudiantil. Era un buen estudiante. Trabajador incansable, de mente ágil e ideas claras, se había convertido en líder casi sin darse cuenta.

- Un besito, papá..., ¿me cuentas un cuento...?
- Mañana, ¿eh? Ahora, dormí
- Bueno, pues que venga mamá...
- Se acabará enfadando... ¿sabés?

Acaso fue el 25 de marzo del año siguiente la fecha que abriera, precipitadamente, las puertas a la negrura. Destituida María Estela Martínez de Perón, los "salvadores de patrias", los uniformados representantes de la represión eterna, extendieron, implacables, su garra destructora sobre argentina. Aquel año dejó morir su vida de estudiante el generoso holocausto a la libertad. Y aquel año comenzaron las lágrimas, los sonidos de botas militares subiendo amenazantes la escalera, el susurro apagado de las voces tras la atrancada puerta, el miedo denso como la niebla envolviendo las calles, las desapariciones...

La "browning" que le entregaron pareció quebrar su juventud, como si fuera de cristal precipitándole de manera violenta a su quehacer de hombre...

- ¡Por fin se durmió! Se resistía...

- Las mimas demasiado, Omar. Ya sabes lo que dice mi madre: " Si te haces de miel, te comerán las moscas".

- ¡Oh, no!, aún son demasiado chiquitas. ¿Sabés quién me llamó al trabajo esta tarde...? ¡El "negro"!. ¡ Después de casi un año...!

- ¿Pablito...? ¿Qué quería...?

- Imaginate... ja, ja..., ¡guita...!¡Este "negro"...!

- Es verdad, no cambiará nunca. Aún no te ha devuelto el dinero que le dejaste y hace ya casi dos años... ¡qué morro...!

- Es un amigo, Luisita, y la guita es eso... sólo guita. Me pasás la fruta... Un amigo es algo importante...

Sus amigos fueron detenidos. Se diría que cada uno de sus pasos era conocido, que cada uno de sus movimientos estaba controlado. No tenía miedo, sólo congoja, una congoja asfixiante que llevaba pegada al cuerpo, en soledad, lejos de la vivienda luminosa y baja de Lanús, de la que salió de noche, sin despedirse más que de Eva, que, en camisón, le sorprendió cerca de la puerta y, sin preguntar, le abrazó con los ojos brillantes, susurrándole -"Tené cuidado, hermano..."- En soledad, perdido por las calles de Buenos Aires, añorando el pasado... Añorando las cálidas tertulias en "La Fiaca", entre Pavón y Brasil -"dos de mozzarella y una Coca-Cola..."-; los encuentros en "El clavel"... Tras una interminable soledad de casi cuatro días, pudo escapar hacia el sur...

- ... algo muy importante, Luisita, creéme....

"Señores pasajeros. dentro de unos momentos tomaremos tierra en el aeropuerto de Barajas...". La voz impersonal de la azafata le trajo a la realidad de un país extraño. Se encongió de hombros. Aquí, como fuese, continuaría su lucha.

Buenos Aires, a su regreso de Rosario, donde le llevó la urgente necesidad de detener la vuelta de los compañeros que llegaban a encontrarse con una trampa mortal, hervía de patriotismo. Galtieri, siguiendo la manoseada añagaza de que suelen echar mano los dictadores, había embarcado al pueblo en la loca aventura de una guerra. Había que echar al invasor del suelo patrio. Morían los jóvenes en la lejanía de las malvinas, de una manera absurda. No fué capaz de hallar a sus compañeros, a sus camaradas de siempre. Eran ya sólo nombres en largas listas de desaparecidos, que se habían quemado como las mariposas al acercar su vuelo enamorado a la llama de la libertad. Se quedó el tiempo justo para hacerse con una documentación falsa y hacer llegar a Eva, la mágica hermana de sus recuerdos, el triste recado de su partida... Los buscaría en España. Algunos escaparón allá. Allá se reorganizarían...

Bajó la escalerilla sin más equipaje que el odio acumulado en sus años de lucha bajo la proscripción, un sueter, unos tejanos y una irrisoria cantidad de dinero español en el bolsillo, pero se sentía fuerte. Nadie, absolutamente nadie le haría olvidar. Nadie podria vencer aquel odio de acero...

- ¿Un matesito, Luisa...?
- Si, ve al salón y pon un poco de música. Enseguida caliento el agua. No subas demasiado el volumen, no alborotemos a las niñas. De todas maneras no nos vamos a quedar más que un ratito, mañana has de levantarte muy temprano...
- Es igual, vos sabés lo lindas que son estas veladas, ¿no es sierto...?

Lo sorprendió la cálida caricia de su piel meses después. No le importó su aspecto ni la barba cerrrada de varios días, sólo su corazón y la dulzura, se lo dijo después, de su acento melódico. La primera vez que le tomó el cansancio a su lado, en la semipenumbra, ahítos los dos de amor, se supo derrotado. Notó, dentro de sí, desmoronarse el hielo del odio acumulado al calor de aquel cuerpo cercano. Notó que le mojaba las heridas del alma una benevolente lluvia de olvido...

- Sólo vos pudiste, Luisita. Nadie más hubiera sido capaz...

- ¿De qué me hablas, Omar...?

Sonriente, le ofrece el mate, al tiempo que se sienta en sus rodillas y los dos se sienten envueltos por una voz tenue que se escapa de los altavoces: "Miii Buenos Aiiires querido..."

3 comentarios:

calimocano dijo...

Gracias amigo, por enseñarme el camino para el disfrute de las bellas palabras.
El relato tiene toda la belleza de las vidas que no dejan truncarse y son salvadas por el amor.
Un abrazo.

Padron-Duenas dijo...

Llegue porque admiro las letras y adoro a las palabras. Las tuyas muy buenas. De esas que se vuelven a buscar.

Padron-Duenas

Mavi dijo...

Me has llegado al alma descubriendo cuán poderoso es el amor, que puede construir vidas completas y destruir las barreras que se encuentra en su camino para conseguirlo. Gracias por plasmar de forma tan maravillosa cómo nuestros seres queridos nunca se van del todo de nuestro lado, puesto que cuando nunca mueren del todo mientras les sigamos guardando un huequito en nuestro corazón.