lunes, 20 de octubre de 2008

Paisaje en gris




















Oración por los chicos que hoy tengo a mi cuidado.


Elevo mi plegaria por vosotros,
en la azulada tarde del verano,

porque nunca sepáis de esa violencia
que hemos ido inventando los mayores,

porque tengáis trabajo cuando toméis las riendas.

Porque heredéis un mundo de fraternal abrazo,

mejor que el que tenemos...

Porque vuestro horizonte sea honrado cada instante.

Porque toméis la rosa y bendigáis al cielo,
aspirando el aroma que inventó para ella.

Porque sepáis que existe, al borde del camino,

un ejército oscuro de personas sin nombre,
que también son hermanos...

Porque no eludáis nunca abrazar al humano

aunque sea su uniforme de harapos y desidia.

Porque entendáis que el cielo florece en nuestras cosas

y busquéis la honradez en los quehaceres,

si es menester, gritando la injusticia,

levantando la frente por defender al débil.

Porque seáis solidarios con los pueblos que lloran

más allá de la mar, lejanamente.

Porque entendáis a Dios mucho más grande

que ese nombre que honramos los domingos

y le miréis llegar ante el despacho

cansado y susurrante, para pedir empleo,

o en la oscura taberna, hermanado a la noche,
o solo en el asilo, esperando una mano.
Porque sepáis buscarlo en el bar, la tertulia,
el escaño o la cena, o el tálamo amoroso junto a la compañera.


Porque no compartáis la verdad amañada

de cuantos lo imaginan de propiedad privada.

Porque sepáis que existe en el surco, en la calle,
en el taller, cubierto con grasa de motores,
en la escuela, en la linde, en la parva y el tajo,
en la mar y los trigos, tras de la ventanilla,
ante la larga fila, con la boina en la mano,
en la sala que ocupan un quinteto de enfermos,

en el hombre humillado, en el preso, en la copla

que canta el jornalero, en la caricia

de la madre que acuna su copo de cariño...

Porque rompáis el mito de las "clases preclaras"
Porque llaméis hermano al condenado,
al alcohólico, al necio, al resentido,

a la ramera, al loco...


Porque hagáis un día leyes como las de aquel libro,

que hemos ido olvidando con nuestra enorme prisa.



Calló la voz su grito de esperanza

La toga se tiñó de lava hiriente,
de púrpura candente en agonía,
haciendo el ara, en nieve, de amapolas
con qué la libertad fructificara.
La palabra deshizo sus arpegios
al filo de un cuchillo y cien mil gritos
cantaron el final.
Vagaba un pueblo
por los cañaverales sin destino,
con el cielo pesándole en la frente.

El Salvador sencillo reclamaba
la oración de una queja. Los fusiles
agostaban la mies de la esperanza
y el altar era un coágulo de gentes
llorándole al buen Dios su desventura...

El altar reclamaba por los muertos
haciéndose silencio en los olvidos,
por los toscos braceros de soldada
silenciada en despachos.
-Cardenales
rogaban al Señor, entre la seda,
la humidad y el amor, balanceaban
el incienso en el templo y susurraban
su plegaria romana a los turistas...-

Y un hombre se hacía, en sangre, sol y grito,
bandera de la tierra, libertario
versículo del libro más antiguo.
con él agonizaban, como un toro
vertiendo a borbotones su bravura,
los soldados del hambre, los proscritos
por levantar la voz, las mujerucas,
los hombres del maizal y de la caña,
los de Chalatenango y Sonsonate,
La libertad, Cabañas y Santa Ana,
los mineros del hierro y de la plata,
los de la fe sencilla, los que acunan
en cada amanecer la caracola
de un sonido de añil para un día nuevo,
los que guardan su miedo en la tibieza
de la proximidad...

Y las cañas de azúcar marchitaban
sus brotes de verdor. Y los machetes
dejaban de brillar... Sólo las frentes
conjugaban sudores milenarios,
como una obscura herencia imperialista.

La América del sol, la que se imprime
sobre los cafetales, la que llora
bajo la represión toda su noche,
abriendo al mar tan sólo una ventana,
se eclipsaba a un azul de claridades,
con el cáñamo hiriendo su garganta.

Y no había en la llanuras un Bolivar,
flameando las crines de una estela,
para cruzar el tiempo y desmigarlo,
como una loca espiga anunciadora
de alboradas de pan y noches suaves
en las que hacer de amor los mil sonidos.

La voz se hizo de mar hostil y ronca,
con la vida rompiendo en la frontera
donde se hace sonido el horizonte.
Luego..., se hizo el silencio penitente,
al tiempo que la noche descendía
donde aguardaba Dios hecho alimento.

Romero era un despojo, la congoja
de un pueblo frente al circo despiadado.

En Roma preparaban un viaje
al sucesor de Pedro, todo blanco,
que salía... a bendecir a los cristianos.



Nana -al hombre que me enseñó el cariño-


Duérmete en los amores,
viejo del alma,
que te tomó ya el cielo
sobre su palma.
La caricia de nieve
que te faltara,
sopla su viento suave
sobre tu cara.
La dulce seda aquella
que se fue al cielo,
te aguardará en azules,
con el desvelo
que te faltó de niño.
Toma su mano,
póntela en la mejilla,
que, grano a grano,
guardará para el hijo
el amor de viento
que el padre acariciba
en el pensamiento.
Cuéntale, cuando llegues,
del nietecillo,
dile de los amores,
que, en amarillo
derrama en las cuartillas
y de sus cosas.
Dile a la abuela, padre,
las amorosas
corolas que deshojo
cada mañana,
porque murmure el viento
como una nana.
Cuéntale los recuerdos
que susurrabas
en aquellos jazmines
con qué adornabas
mis peldaños primeros.
Dile del tiempo
que desgranamos juntos,
de aquel lamento
de las horas de plomo,
cuando querías
hilar de sol la ropa
que me traías.
Dile que sigo haciendo
de amor el día
y de estrellas el tiempo
en la melodía
que suena por la frente
cada alborada;
que me deshago en letras
-barca varada-
sobre una mar que tengo
en el pensamiento.
Que me dio Dios la rosa de rojo acento,
para hacer primavera
mis soledades
y el cariño que crece
en mis heredades.


1 comentario:

JOSE MARIA dijo...

Nunca Valdepeñas tendrá un poeta tan grande, asido a la tierra, a los valores, al mundo, a la existencia, que cante tan alto y con tanta hondura de alma, que se prenda a través de su poesía al corazón de todas las personas de bien, que amamos la poesía y que seguimos su obra allá donde se encuentre. Ojalá y el devenir del tiempo le coloque donde le corresponde, si es que no lo está ya. Te auguro llegar a ser profeta en tu tierra, antes de que tu voz calle para siempre, y llegues al final de tu camino.